Como os decía ayer, Los Goya dan para mucho. Un evento de estas dimensiones encierra infinidad de detalles, algunos los hemos podido observar a través de la pantalla, de otros puede que solo se hayan percatado los afortunados que el pasado sábado tenían un asiento reservado en el Centro de Congresos Príncipe Felipe.
Comencemos por el principio. ¿Sois de la opinión que la primera impresión es la que cuenta?, si es así, la Academia podría no salir muy bien parada. ¿El motivo? El atuendo de los dos caballeros que amablemente ayudaban a los invitados a salir del coche a su llegada al Hotel Auditorium. Ataviados con frac en tonos brillantes, acompañaron a las celebrities en el corto trayecto entre el punto del desencoche y la entrada del edificio, llegando en algunos momentos a eclipsar a los verdaderos protagonistas por lo estridente de su vestimenta. Considero apropiado que miembros de la organización reciban a pie de coche a los invitados, otra cosa es que los escolten a lo largo de la alfombra.
Precisamente en este detalle, el de la alfombra, me voy a detener ahora. En esta 29 edición fue rosa, más bien fucsia, y no por una buena causa (no tiene nada que ver con una campaña a favor de la lucha contra el cáncer), sino por exigencias del patrocinador, la firma de zapatos española Lodi. Esta no es la primera vez que la tradicional alfombra roja cambia de color por motivos publicitarios, en 2010, coincidiendo con el patrocinio del whisky irlandés Jameson fue verde, y justo un año después roja, de la mano de Loterías y Apuestas del Estado.
¿Os acordáis del momentazo selfie vivido en la pasada edición de los Oscar? Detrás de esta acción que aún a día de hoy causa furor, se encuentra una estrategia pura y dura de product placement. Samsung, patrocinador de la gala, tuvo su momento de gloria de la mano de Ellen Degeneres. 43 millones de espectadores fueron testigo de las bondades de la cámara del Galaxy Note 3, sin contar los miles de retuits de la famosa foto publicada por la conductora de los Oscar. Los Goya no se han quedado atrás en lo que se refiere a esta acción publicitaria que día a día gana adeptos. Por ejemplo, al lado del photocall en el que los invitados lucieron la mejor de sus sonrisas, se colocó un zapato enorme de Lodi en el que uno a uno fueron estampando sus firmas. La lista de acciones de product placement no se acaba aquí, los triunfadores de la noche celebraron sus éxitos brindando con Moët&Chandon, que como no podía ser de otra manera contribuyó económicamente a la celebración de la fiesta del cine.
El formato de la 29 edición de Los Goya poco distó de las ceremonias de otros años. Se recurrió a números musicales y chistes para dar un respiro entre discurso y discurso de los premiados. En mi humilde opinión es esto lo que falla, al menos para el espectador. A la una de la madrugada, después de tres horas de gala, ¿a quién le apetece escuchar al gran Miguel Poveda o Álex O’Doherty? Por mucho que a uno le gusten estos dos artistas, lo que uno quiere es poder irse a la cama sabiendo quién se ha llevado los cabezones estrella (mejor actor, mejor actriz, mejor dirección y mejor película). Encontrar la fórmula mágica para que el espectador no haga zapping no debe ser tarea fácil, pero merece la pena intentarlo. Por ejemplo, para evitar tantos bostezos frente al televisor se me ocurre adelantar la hora de la gala, así como eliminar las partes que menos aportan.
Si en el formato aún queda mucho por innovar, en el papel de anfitrión la Academia casi roza la excelencia. El presidente, Enrique González Macho, acompañado por miembros de la junta directiva, recibe personalmente a cada uno de los invitados que, posteriormente son conducidos por personal de la organización hasta sus correspondientes asientos. En definitiva, todo un ejemplo de cortesía que en esta edición también han intentado cuidar en los discursos, más aún teniendo en cuenta que en esta ocasión el invitado de honor era el ministro de Educación, Cultura y Deporte, Jose Ignacio Wert. Afortunadamente, se consiguió enterrar el hacha de guerra. Las críticas y reivindicaciones fuera de lugar en lo que respecta a la forma (no tanto al fondo) tan habituales de años atrás fueron sustituidas acertadamente por el musical que abrió la noche. A través de canciones de siempre como Acompáñame, A tu vera o Yo soy aquel, actores y actrices de diferentes generaciones (Asunción Balaguer, Ana Belén, Eduardo Noriega o Clara Lago, entre otros) lanzaron su particular mensaje de defensa a la industria cinematográfica para concluir con proclamando a los cuatro vientos: “Resistiré erguido frente a todo, me volveré de hierro para endurecer la piel”… Más claro no se podía decir, y lo más importante, en ningún momento se faltó al respeto a nadie, al menos, hasta que hizo su aparición estelar Almodóvar, quien no dudó en afirmar que el ministro estaba excluido de su saludo a los amantes del cine y de la cultura. Sin duda, un gesto de mal gusto que los responsables de la Academia no debían haber permitido, o ¿a caso consentiríais que en un acto en el que sois anfitriones insulten a uno de vuestros invitados? (Os dejo enlace a un interesante artículo publicado por Olga Casal en que aborda este tema).
Cortesía, protocolo, escenografía… Si os fijáis son muchos los detalles en los que nos podríamos fijar, hasta tal punto que se habló con orgullo de saltarse el protocolo y del lío que para el Presidente de la Academia suponen las precedencias. También de accesibilidad (el escenario tenía escalones, una auténtica falta de respeto hacia los minusválidos), aspecto que Alfonso Yagüe denuncia con acierto en su blog.
“Será un evento sencillo, que llegue al corazón de la gente”. Así lo deseaba el anfitrión minutos antes de que diera comienzo la gala. ¿Creéis que lo consiguió?
Hasta aquí el análisis de Los Goya. No quería dejar pasar la oportunidad de agradecer a todas las personas con las que compartí impresiones por Twitter.
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